Camarón de la Isla y el número nueve

Camarón de la Isla y el número nueve

Camarón de la Isla y el número nueve

Resumir la discografía de Camarón en tres álbumes es una insensatez, pero lo voy a hacer. Hay una extraña relación entre el genio isleño y el número nueve. ¿Su primer disco? «Al verte las flores lloran», del 69. ¿Cuándo rompe el binomio sublime junto a Paco de Lucía y arranca su etapa más heterodoxa? En «La leyenda del tiempo», del 79. ¿Y con qué álbum confirma su eclosión y consigue el mayor volumen de ventas que se ha producido jamás en la historia del flamenco? Pues con «Soy gitano», del 89. El compás de su obra marca los acentos de diez y en diez, y antes de que termine el año hay que celebrar esta triple efeméride que nos permite trazar líneas que esbozan la inmensidad de su legado.

José Monge Cruz se topó de bruces con las portadas de los elepés que el padre de Paco de Lucía le entregó para que buceara en ellos. Se rajó el pecho en canales y dejó entrar por su figura de niño tímido la bulería del Cojo de Huelva, de la que tomó la melodía de «Al verte las flores lloran». Entró en el jardín de los tientos con las manos machadas de sangre y la garganta en carne viva, buscando piedras donde echarse o estrellas firmes que le persiguieran. Daba igual. El grito más afinado y certero del de San Fernando, que permaneció en sus siguientes trabajos, está en estos surcos en los que aparece un cantaor excelso a nivel rítmico, con gracia bajo su barbilla y genialidad en todos los códigos viejos que se hacían poderosos y nuevos al filtrarse por sus emociones.

Más tarde llegó «La leyenda del tiempo». La leche comercial que se dio le llevó a comentar a su productor que el próximo disco, por favor, «de guitarrita y palmas». Y es que ahí comenzó una fase en la que se valió de otros recursos. El rock soplaba de levante y nadie entendió que ese gitano se rodease de sonidos ajenos a su cultura para plasmar la misma dolencia que acusaba desde la juventud. No gustó en el momento, pero quedó una grabación coral que es uno de los dinteles preclaros de la música contemporánea.

El éxito llegó después: «Como el agua», «Calle Real», el sobrecogedor «Viviré» y «Te lo dice Camarón». Tras ellos, el «Soy Gitano»: la cima comercial de un hombre al que le arrimaban a los más pequeños para que los tocase, como si tuviese poderes especiales más allá de su talento. Sus facultades cambiaron y la pena abigarrada se le volvió más oscura. El fuelle ya no ardía como antaño, sino que lo hacía de una forma diferente. Aún más ronco.

Su influencia, desde entonces, es tan grande que a veces no se ve, pues hay detalles que consideramos propios del flamenco que en realidad son suyos. Que estos párrafos sirvan como invitaciones. Su primer álbum cumple cincuenta años y desde aquí siento envidia por quien todavía no se ha bebido todos los que van detrás.

«Hodierno», de David Lagos: El hombre y la máquina

David Lagos ha grabado su último álbum como se hace en la industria americana. Primero, ha girado con él. Después, con las ideas maduras, se ha encerrado en el estudio para registrarlo. Tal vez por eso el resultado es algo mejor que lo que presentó en la pasada Bienal. «Hodierno» significa relativo al tiempo presente. Y, en este caso, ofrece un muestrario de cantes clásicos con un vestido distinto. El disco es bueno porque estamos ante un cantaor excepcional, no porque se haya envuelto todo de sonidos electrónicos que en alguna ocasión le ayudan a llegar a una expresión común y en otras tapan su mensaje.

El telón de fondo resulta sobrecogedor: el hombre, la seguirilla y la máquina. Una voz solitaria que grita para aliviarse, dando golpes al humo que le rodea por soleá, malagueñas o marianas. Lo que haga falta para vaciar ese sollozo que David Lagos tiene impreso en su pecho. Esto es flamenco de ciencia ficción. Es la «Metrópolis» muda de Fritz Lang y «El club de la lucha». Es la adversidad del tiempo que le ha tocado vivir a su intérprete. La agonía suprema que a veces encuentra respuesta y apoyo en la instrumentalización y que en otros momentos se topa con la nada. Probablemente, no era esta la pretensión, pero el músico y productor Artomático habla también de la incomunicación cuando roba protragonismo y no le importa lo que clama el jerezano. Él sigue a la suyo mientras el cante pelea al fondo. Todo se resuelve con el «Pregón del miedo», la pieza más interesante del álbum. El hombre, al fin, escapó de la máquina.

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