Luna de enero: cuando Camarón le cantó a su afán por ser torero

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Luna de enero: cuando Camarón le cantó a su afán por ser torero

Luna de enero: cuando Camarón le cantó a su afán por ser torero

«No hay luna como la de enero ni amor como el primero». El refranero popular así lo recoge: la primera luna llena del año –este viernes– alumbra como ninguna. Y bien lo supo Camarón de la Isla cuando le cantó a ella y a su vocación torera. En la bulería «Me dieron una ocasión» retrató, más allá de su experiencia personal, el único salvoconducto que encontraban los maletillas de su época para sentir el toreo en medio de las marismas o en un corral de palos. Un furtivismo cuyos máximos exponentes han sido Juan Belmonte y Paco Ojeda.

Camarón lo narró así: «A la luna, luna de enero / con mi capote y muleta / iba a los encerraeros / porque a mí me gustaba esa fiesta / y todito mi afán era de ser torero». Una actividad ilícita y clandestina más propia de otra época en la que los incipientes toreros no encontraban otros recursos para suplir su falta de rodaje.

Aquellas tropelías fueron pasando a un segundo plano conforme las ganaderías comenzaban a abrir sus puertas los días de tentaderos a los «tapias» (maletillas que acuden con el propósito de dar unos muletazos cuando el matador invitado finaliza su labor. Adquieren ese nombre porque antiguamente debían saltar la pared desde la grada para cuadrarse con la vaca).

En la biografía novelada que Chaves Nogales le escribió a Juan Belmonte, el torero narraba sus aventuras por los campos de Tablada junto a sus amigos, con los que toreaba de salón en la plaza del Altozano: «Cuando yo empecé, como miembro de una cuadrilla de chiquillos de mi barrio, edad y condición, a apartar los toros que a seis kilómetros de Sevilla encerraban por la tarde para llevarlos al día siguiente en conducción al Matadero, lo que me empujaba a ello era el deseo de torear; pero sin pensar nunca que lo que hacia podría ser el primer paso pera llegar un día a la plaza»

«En mi anarquía no soñaba más que con la aventura –ya me había escapado una vez de casa a cazar leones– y aquello era una auténtica y difícil aventura, en la que todo era riesgo y romanticismo, y el menor peligro, el toro», reconoció el Pasmo de Triana.

Hay, como es lógico, posturas encontradas entre toreros y ganaderos en este aspecto. Los primeros suelen excusarse en que únicamente torean vacas viejas (madres) que ya han sido tentadas y que no les va a afectar a los propietarios –torear becerras o machos señalan que sólo lo hacen «cuatro golfos»–. Por su parte, los ganaderos encuentran graves perjuicios, principalmente cuando las vacas parten sus alambradas huyendo del acoso de los furtivos a pie, a caballo o en moto.

El mayor agravio llega cuando una vaca sale toreada en un tentadero; en rara ocasión salta un toro «manteado» en una plaza. La vaca «currada» puede poner en serios aprietos a su lidiador y suele «irse al pecho» en sus primeras embestidas. Unos de los primeros síntomas que delatan el posible «manteo» es cuando la vaca se emplaza de salida en los medios y declina rematar en los burladeros. El ganadero se quedará sin conocer el verdadero comportamiento de su animal, provocándole un perjuicio para el futuro de su vacada.

Los toreros de zonas próximas a las marismas del Guadalquivir eran habituales perseguidores de la luna llena. Primero a caballo, y después con motocicletas, recorrían palmo a palmo la extensión ganadera en busca de algún pitón. Los de Coria y La Puebla del Río emprendían el mismo camino que sus homólogos de Sanlúcar de Barrameda. Bordeaban las tablas de arroz a todo trapo cuando eran perseguidos por mayorales y agentes de la autoridad. Sus caminos por las proximidades de Isla Mayor les ha costado algún que otro disgusto, confundidos por su sigilosidad con narcotraficantes de la zona.

Los mentideros cuentan que en cierta ocasión, unos novilleros acudieron a una ganadería de las marismas y allí se encontraron con otros furtivos. Hubo uno de los compañeros que en el saludo no se quitó el pasamontañas ni se presentó. Esto provocó cierta bronca entre ambos grupos. Sus amigos pidieron que le dejaran conservar su anonimato. Cuando llegó el turno de torear de éste, las formas y la torería no dejaba lugar a dudas: aquel torero enmascarado era Paco Ojeda.

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