La última vez que Camarón, Paco de Lucía y Tomatito estuvieron juntos

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La última vez que Camarón, Paco de Lucía y Tomatito estuvieron juntos

La última vez que Camarón, Paco de Lucía y Tomatito estuvieron juntos

No fue en la grabación del álbum «Potro de rabia y miel» ni en los camerinos de ningún concierto. Tampoco en la habitación de un hospital en Badalona ni siquiera en el 92, cuando el genio de San Fernando silenció su queja infernal para la eternidad y colocó la bandera del pueblo gitano a media asta. La última vez que Camarón de la Isla, Paco de Lucía y Tomatito estuvieron juntos fue mucho después, en el año 2013.

Me hieren las teclas heladas con las que escribo al contar esta anécdota, porque esa peligrosa añoranza de lo no vivido se apodera de mis manos y empiezo entonces a apropiarme de los recuerdos de otros. Se hace aquí un collage de ficción y realidad, y lo mejor, para evitar mixtificaciones, será que el propio Tomatito cuente lo que realmente sucedió.

Resulta que «Yo estaba preparando mi álbum “Soy flamenco” y le dije a Paco: estoy haciendo un disco y he recuperado un audio de Camarón. Me gustaría que tocases conmigo. Él me respondió: vale, espérate que estoy de gira y cuando termine te vienes a Mallorca y lo montamos. No te traigas guitarra que yo tengo en casa. Perfecto. Así que eso hicimos. Cuando llegué, él estaba con sus gafitas puestas enfrente de un ordenador, en el estudio, y empezó a escuchar la grabación de Camarón. Me miró con las lágrimas saltadas y me dijo: parece que estamos juntos los tres otra vez, ¿verdad?».

Al almeriense le cuesta no descomponerse. Se muerde el labio. Las cuerdas se le hacen bola en la garganta y eso dificulta el final de su historia. Después agacha la cabeza y escarba con las uñas en la mesa. No hay nada. No están ellos. Solo un recuerdo traslúcido que quienes los admiramos podemos revivir en los párpados irritados del niño que ha perdido a sus mayores. En esa mirada, cualquier aficionado se ahoga, por eso es un esfuerzo salir a flote para escribir este texto sin naufragar en el intento.

Lo que Tomatito le mostró al hijo de la Portuguesa en ese estudio de las Islas Baleares fue la seguirilla que después titularon «El regalo». Unos esbozos abruptos de lo que anteriormente habían registrado en «Campanas del alba» con una serie de variaciones. En esos minutos queda de por vida el dolor postrero de una leyenda y la reunión definitiva de tres de los protagonistas más destacados del flamenco contemporáneo. Algo irrepetible.

A los meses, Paco de Lucía falleció y ahora esos acordes guardan afán de réquiem y traen consigo una marejada de suspiros hacia dentro que su compositor casi no puede descifrar. Los mitos se vuelven de humo y resulta difícil aceptar que se vayan, pero el valor más poderoso de la música es que un relato con un lamento de fondo nos lleve de nuevo hacia el lugar donde en el 2013 estuvieron juntos los tres.

La paradoja del documental de José Menese

El cantaor de La Puebla de Cazalla merecía un documental con el tratamiento de la imagen y los medios que se han empleado para este, dirigido por Remedios Malvárez. Testimonios de la familia, amigos y compañeros, intercalados con grabaciones de archivo, algunas de ellas inéditas, trazan su perfil artístico. Cantaor comprometido, maestro de voz inconfundible y desenterrador de estilos en desuso, como la seguirilla del Planeta, el garrotín, la farruca o mariana.

Sin embargo, en el mismo largometraje en el que él se proclama como «defensor del cante puro», quienes interpretan su legado, Rocío Márquez, Laura Vital y La Tremendita, lo hacen en una línea diferente a la que él mantuvo. Porque Menese fue un revolucionario de mente y un conservador férreo en lo que a la música se refiere. Como señala Manuel Gerena en esta obra recién estrenada en el Festival de Cine de Sevilla, «letras nuevas para los cantes viejos». Nada de reestructuraciones, bajos eléctricos, baterías ni máquinas de compás. Por esa falta de coherencia, entiendo que la elección de las actuaciones no ha sido la más adecuada para lo que esta figura requería.

El documental tiene los mismos silencios que sus discos. Guarda ese lento transcurrir de los paisajes del campo, de la vida en los bares en lo que surgen las reuniones más cabales y el costumbrismo rural que resiste al tiempo. Es también un retrato crudo donde se tocan de cerca las heridas del alcoholismo, el carácter y el adulterio. La fascinante historia de un hombre carismático contada con algún sesgo.

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